La muerte vive. Tradición que habita en este Pueblo Mágico.

Nov 3, 2015

Primera entrega de un reportaje sobre la forma de vivir la muerte.

Memorias de tradición y muerte.

Primera entrega de un reportaje sobre la forma de vivir la muerte.

Por Juan Alberto Vega Barreto [Albar Says] para www.Tepotzotlánpueblomagico.org

EL presente trabajo forma parte de un reportaje para poder entender la perspectiva de la muerte en Tepotzotlán, te invitamos a que consultes las tres entregas para que así puedas viajar a los orígenes y actualidad, perspectiva y pensamiento sobre lo que implica la muerte en Tepotzotlán.
 
La muerte vive. Tradición que habita en este Pueblo Mágico.

“La vida del hombre es como la hierba; brota como una flor silvestre: tan pronto la azota el viento, deja de existir, y nadie vuelve a saber de ella.” Salmo 103

Los días 31 de octubre, 1ro y 2 de noviembre; la muerte convive con la memoria de los vivos, se evoca a todos aquellos que partieron y han dejado un gran hueco en los corazones de familias, conocidos o que mientras vivían; "les recordarán", aquellos que lograron en los que les rodearan, despertar algún sentimiento.  La muerte es ese paso natural, en la teología judío- cristina es el castigo Adán por desobedecer al supremo, es una condena de la que nadie se escapa. Dentro del rito católico, es un paso reconfortante para asistir al encuentro con el redentor. Es así como cada religión le ha ido impregnando su propio sentir y pesar. 

 Tepotzotlán un lugar en el que la Compañía de Jesús evangelizó, un territorio en que la naturaleza humana revela su rostro, la vida transcurre sin tener piedad de aquellos que respiran, se vuelve una paradoja, porque en la tradición, en la arquitectura y en  la geomorfología– ciencia que estudia la superficie terrestre-, los montes nos demuestra su victoria en comparación con los hombres tienen ante dicha perspectiva.
 
La representación más común para este suceso, es la de un esqueleto que porta su guadaña, esto se debe a la analogía de que ella va segando almas, va cortando la vida frágil y fugaz que es su estancia en la tierra. Es así como esta calavera se ha ido moldeando con el pasar de los siglos, se ha dado otra interpretación dependiendo la región y es nuestro territorio es una verdadera alegría el evocarle.

En la zona logarítmica de Tepotzotlán, hablar de la muerte puede llevar toda la connotación que aquel que relata pueda impregnar.  En caso de que visite inesperadamente y de forma trágica, es una desdicha. Si arriba en el otoño de la vida de un ser, una oportunidad de permitir que el ciclo se cumpla y el juicio por sus acciones sea la mejor respuesta. Si ella impenetrable arriba con una gran constancia una comunidad, es una malaventura. Si es en una temporada de alegría, el luto viste a la familia y puede que al lugar, más no por eso opaca el brillo de la temporada. Si llega en la emporada pacifica, es una forma de elevar plegarias y alegrías al creador. Los ejemplos antes citados, son parte de la interpretación que puede darse, lo cierto es que cada persona le carga de su propio sentimiento.

Una leyenda que habita en este lugar, es que aquel que parte, recoge sus pasos, por ello ha de colocarse una cruz de cal en su casa. Su cuerpo es velado una noche, suele ser vestido con su atuendo con el que contrajo nupcias, o en caso contrario, de algún santo, virgen, o con el atuendo de alguna imagen religiosa.
 

Al día siguiente, cuando el sol se encuentra en su posición cenital; llegan las viejitas o rezanderas de la comunidad y comienzan a elevar plegarias como las siguientes;

“Si en el llano de Gosafat al enemigo encontrará, él le dirá, ¿Qué traes? –No traigo nada, sólo treinta y tres cruces, treinta y tres aves marías que rece en víspera y día de Nuestra Señora la Virgen María. Dios te salve María,…”

Cada vez que recitan una jaculatoria, van colocando una cruz de palma en su mano derecha. Una a una, van implorando la protección de la madre del redentor. Completarán el número treinta y tres, en la simbología numérica, recuerda los años que vivió Cristo en la tierra.

Al terminar, el cortejo parte a la oratorio, van elevando cantos penitenciales, cantos de despedida e incluso si da tiempo rezan un rosario.


El llegar al templo, la celebración eucarística va acompañada con cantos relacionados con el hueco que deja entre los que se encuentran reunidos.

El sacerdote bendice el cuerpo, eleva responsorios y da sus condolencias a la familia.

Así parten al panteón, lugar en que es reservado para la última morada en la tierra.
 
La procesión va encabezada por las coronas florales, después va la cruz y los estandartes de la comunidad y la cruz, signo de que se une a Cristo incluso en la muerte, después el cuerpo; rígido, amortajado, va en hombros de cuatro o seis personas, detrás del ataúd acompaña la familia que lamenta su perdida, llora su partida y evoca en un flas back su estancia entre ellos.  Detrás acompaña la comunidad o alguna agrupación musical.  Cierra el cortejo la comunidad que se reúne con la familia y se muestran solidarios, saben perfectamente que algún día les tocará a ellos y es por ello que saben cuan dolorosa es la partida de un miembro.  En muchas ocasiones cierra el cortejo personas montadas acaballo, automóviles, aquello a lo que se dedicó o disfruto el que ahora se encuentra con los ojos cerrados y que no puede observar la muestra de aprecio.
 

Al llegar al cementerio se bendice la tumba, sin importar si es nuevo o ya ha sido colocado alguien más en él. Las jaculatorias no faltan; -“Esta es la tierra con que te van a tapar, todos nos vamos a ir y solo te has de quedar.”- Se repite sin número determinado, emerge alguna matriarca e implora la protección de la trinidad; -“Cruz alta, cruz digna, cruz divina, la Santísima Trinidad haya sido su madrina.”-  Todos responden y ahora repiten esta plegaria.  Se leen evangelios, se vuelve a rociar con agua bendita, le son retirados todo lo metálico; monedas, anillos, medallas, se suele decir que si lleva dichos elementos, queda atada el alma a la tierra y es por ello que no descansa, queda en la tierra destinada a vagar y a esperar su descanso que nunca llegará.
 

Los familiares se despiden, bajan la tapa del ataúd, lo van descendiendo poco a poco, minuto a minuto, hasta que queda en el fondo del orificio. Después van colocando losas, ásperas y de color gris, una a una, quizá lo decía el poeta Sabines, para evitar que se salga.  Una vez que han sido colocadas, la tierra comienza a llover al fondo, hasta que se observa a la altura de la tierra o más arriba, encopetada. Ahora las mujeres llegan con flores y adornan la tumba. Al terminar este ritual, la familia agradece la compañía de la comunidad y solidaridad con el que ahora ha quedado bajo tierra. Invitan a que asistan a la casa donde ha sido velado el cuerpo y entonces, la comida es ofrecida para la comunidad en signo de gratitud. Es por ello que morirse es una verdadera fiesta.

Nueve días, la familia llora guarda luto, reza el rosario –usualmente a las siete de la noche, hora de las almas-. Cada vez que termina un día, la familia ofrece pan, café, tamales en alguna ocasión.
 

Al llegar el noveno día, la cruz se levanta del suelo, es colocada en una pequeña caja adornada, se lleva a bendecir la cruz que ha de ser colocada en la tumba y en muchas ocasiones, los hombres, rompen el luto con un poco de alcohol.

Así es como se observa el paso de la muerte en Tepotzotlán, en muchas de las diferentes comunidades, en algunos puede variar un poco, pero la concepción suele ser la misma.

 

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