El silencio de la tumba

Apr 2, 2016

Procesión del silencio en Cañada de Cisneros.

Una tradición que no se escucha pero se vive.

Por Juan Alberto Vega Barreto [Albar Says] para www.Tepotzotlánpueblomagico.org 




Quiero en la vida seguirte y por sus caminos irte alabando y bendiciendo, y bendecirte sufriendo y muriendo bendecirte.
Liturgia de las horas.

La luna por esa noche no brillo,  ocultó su luz, quizá de vergüenza ante la muerte de Jesucristo.  Uno a uno, los pobladores de uno de los pueblos de Tepotzotlán se reunieron en el templo, la noche ya había caído, eran las 19 horas, el espacio se encontraba iluminado a media luz. Al altar sube el sacerdote, se postra en el piso y en un silencio sepulcral, reconoce que el hijo de Dios descendió a  los infiernos y su calidad humana le reclama en los dominios de la muerte.
 

Se pone en pie y continua con el rito, es la única ocasión en que la iglesia católica no celebra misa, el rito se completa por tres secciones; celebración de la palabra –lectura de la pasión y muerte de Jesucristo-, adoración a la cruz – reconocer que fue el medio que uso Cristo para ser verdadero Dios y verdadero hombre- y la comunión.


 

Al concluir el rito, prosigue la tradición. Las mujeres salen cargando la imagen de la Virgen de los Dolores. Los hombres por su parte, cargan la urna en que se encuentra una imagen de Cristo muerto. Todos salen camino al cementerio y el único ruido que se escucha es el del tambor  que golpe a golpe marca el ritmo, paso y cadencia del peregrinar.


 

Las calles del pueblo de Cañada de Cisneros observaron pasar un cortejo; antorchas y silencio fueron la compañía. Caras en penumbra acompañan la imagen de Nuestra Señora de los Dolores. Los perros aullaban al pasar, la noche negra como ébano puro se mira que es la misma naturaleza la que reconoce que un suceso importante se recuerda en la tierra. 

 

Vestida de color morado, velo negro, toca blanca, pañuelo en las manos, con una cara afligida, ese dolor que caracteriza a una madre que ha perdido a su único hijo. Nueve meses en sus entrañas, incomodidades e inclemencias los tiempos que le correspondieron vivir, peregrinar hasta el pueblo de Belén en hombros de una mula. No encontrar lugar en los hostales, tener que tener por refugio una gruta, que el calor que le recibe en el mundo es el calor de una mula y un buey.  Pero ese dolor no es comparado con el de escuchar los martillazos en el Monte Calvario.
 

La profecía se cumplió; “A ti, una espada te atravesará el alma”. El viejo Simeón anuncio desde que el niño fue presentado 40 días después de su nacimiento que ese rostro virginal seria opacado por el dolor de un sufrimiento que no puede ser comparado; perder a un hijo en la forma de un malhechor, a sabiendas de que es inocente. Por ello la imagen de la Dolorosa tiene la imagen perdida, en las profundidades del pensamiento; ¿Qué pensará? ¿Qué es lo que recuerda? ¿Qué es lo que verdaderamente le aflige?   

 En ese vientre que le gesto,  que formo su cuerpo, le dio vida y ahora treinta y tres años después ver que fue clavado en una cruz, desnudo, sin la piedad humana, olvidado por los amigos. Tener que recurrir a los conocidos para encontrar un sepulcro en donde su cuerpo sea depositado.
 

Detrás de la imagen de la madre, va el hijo; una imagen inerte, agotada, con los ojos entre abiertos para tener una comunicación con aquellos que al acercar por curiosidad a ella; descubran el sentimiento de pérdida.  Aproximadamente 2000 años después,  la tradición realiza este acto piadoso para que todos los que participen recuerden el dolor de una madre y la soledad de un sepulcro.

Al llegar al cementerio, el sacerdote eleva una oración por aquellos que descansan en la sombra de la cruz, el pueblo recuerda a los que han bajado a la fosa y duermen en la promesa de la resurrección. Los presentes voltean a ver las tumbas de sus seres queridos, en silencio les recuerdan y en algunos rostros una lágrima bordea la mirada. Es el momento en que se dimensiona el dolor de la madre que ha perdido a su hijo.

Al regresar a la parroquia, sigue la luna y las estrellas sin iluminar, la noche silenciosa demarca que Cristo ha muerto.  El silencio es profundo y al dejar la imagen de la  Virgen en la iglesia, la promesa de la resurrección es latente.

 

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